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La Llama Doble

Por: Octavio Paz (1)

El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula.

La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es cristiana sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El cuerpo es una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación sensible de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la idea eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la contemplación del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es esencia. El abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y de la idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una presencia: es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una caída sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea; quiere asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en fragmentos. La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original para, al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma: pecado contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato, nos encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños. Entonces surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras que se repiten en interminables galerías de ecos.

(1) Fragmento extraído de La Llama Doble.

La Naturaleza del Amor

Arthur Janov (1)

El concepto del amor ha sido muy usado; quizá sea útil considerarlo en la función de la teoría primal.

Básicamente amor significa apertura y libertad para sentir y permitir que los otros también sean libres. Significa permitirles que se desarrollen y se expresen a si mismos naturalmente. Es esencial ser uno mismo y dejar que los otros sean naturales.

La definición primal del amor es dejar que los demás sean lo que son. Esto sólo puede suceder cuando las necesidades están satisfechas.

Implícita en la definición el amor está la existencia de una relación real entre los que se aman. Después de todo, se puede dejar que el otro sea el que es ignorándolo, pero la respuesta al otro es parte integrante del amor. Debemos recordar que dejar que alguien sea realmente él mismo significa satisfacer sus necesidades. Esta es la tarea de los padres amantes. Más tarde habrá pocas necesidades que satisfacer y el amor puede ser realmente darse el uno al otro. Desgraciadamente, el amor para el neurótico significa satisfacer sus necesidades irreales (en forma de deseos). Significa regalos o muchas llamadas telefónicas o cualquier otra "prueba" de un afecto inmortal. El neurótico se siente no querido cuando sus necesidades enfermizas no son atendidas.

El amor es sentir. Existe cuando dos personas conversan, toman café o tiene relaciones sexuales. Cuando no hay sentimiento (es decir cuando el sentimiento esta bloqueado y oculto), los neuróticos pueden acceder a todas esas actividades sin que haya un ápice de amor. En cambio hay una “succión” (como dicen mis pacientes), en que se trata de conseguir algo de alguien para llenar el vacío interior.

A comienzos de la vida, el amor significa satisfacer las necesidades primales. En los primeros meses y años esto entraña muchas caricias y mimos. El niño no da la palabra "amor" al hecho de que lo tomen en brazos, pero sufre cuando eso le falta. El contacto físico es una condición sine qua non para los niños. Sin eso no se les puede demostrar amor. No es suficiente pare el niño saber "saber" que sus padres no demostrativos lo quieren; debe sentirlo. No llenar esa necesidad es no amar, por muchas que sean las protestas de amor que se hagan. El padre que trabaja tanto que apenas ve a sus hijos, puede racionalizar que trabaja para ellos, pero cuando no tiene contacto, cuando no se da a ellos, debemos suponer que trabaja para aliviarse. Si el niño necesita cerca a su padre, que esta lejos trabajando la mayor parte del tiempo, sus necesidades no son satisfechas.

Un niño pequeño sabe cuando esta mojado, hambriento y cansado y cuándo le duele algo. Cuando se lo pone cómodo, podemos decir que esta experimentando amor. Amor es lo que suprime al dolor. Cuando se le permite explorar, gritar, chuparse el dedo, agarrar a la madre, podemos hablar de amor. Cuando se le impide todo esto, cuando no es tomado en brazos, cuando no se le habla, puede sentirse incomodo y tenso. Podemos decir que el amor y el sufrimiento están en dos polos opuestos. El amor estimula el yo; el sufrimiento lo sofoca.

Pero el amor no consiste sólo en tocar a u niño y tenerlo en brazos. Si se le niega la expresión de lo que siente y tiene que excluir una parte de sí mismo, es posible que por más que sus padres lo tomen en brazos y lo acaricien, siga sintiéndose no querido. Nunca se insistirá bastante en la importancia de la libre expresión, que puede determinar el destino del niño por el resto de su vida. Unos cuantos abrazos o una frase como: "Ya sabes cuanto te queremos", no pueden disimular esa negativa.

Ningún afecto posterior abolirá es privación primera, a menos que sea revivida junto con el sentimiento original que ha sido negado. El neurótico se pasa la gran parte de su vida adulta tratando de tapar su dolor con nuevos amores, asuntos sentimentales y flirteos. Cuantos más amores e historias sentimentales tenga, menos son, paradójicamente, sus posibilidades de sentir; la caza parece interminable porque para él sentirse amado significa primero sentir con toda intensidad el viejo dolor de no ser querido.

Como el amor entraña sentir el yo, no podemos transferirlo a otro. Cuando alguien dice: "Me haces sentir una mujer" o "Contigo me siento querido", por lo general quiere decir que no se siente y que se necesitan actos y símbolos del exterior para lograr el convencimiento de ser amado. El amor no es cuestión de dar algo a alguien para que su tanque indique "lleno". Tampoco podemos vaciarnos de amor como no podemos vaciarnos de sentimiento. No es algo divisible que puede repartirse en pedazos ni desglosarse en especialidades tales como "amor maduro" y "amor inmaduro".

¿Por qué es tan universal la búsqueda del amor? Porque es la búsqueda del yo que nunca pudo ser. Más precisamente, la búsqueda de ese alguien especial que nos dejara ser lo que somos. Como somos tantos los que hemos visto nuestros sentimientos ignorados o aplastados, terminamos por hacer lo que no sentimos. Los matrimonios tempranos, los noviazgos rápidos, derivan, creo, de la frustración interior y la desesperación por sentir a través de los demás. La búsqueda es interminable porque poca gente sabe de veras lo que busca.

Es raro que la pérdida de un amor en el presente produzca resultados catastróficos como el intento de suicidio si la pérdida no refleja otra más profunda, más antigua, en la infancia.

Cuando al fin el neurótico se siente no querido, inicia el camino que lo llevará a sentirse querido. Experimentar el dolor es descubrir la realidad del cuerpo y sus sentimientos, y no puede haber amor sin sentimiento.

(1) A. Janov (1977) El grito Primal. Edit. Sudamericana. Buenos Aires

Mujer: Uno de los Nombres del Padre

Por: Slavoj Žižek
Guía para evitar la lectura incorrecta de las fórmulas de sexuación de Lacan.


El error que se comete habitualmente al leer las fórmulas de sexuación de Lacan es el de reducir las diferencias entre el lado femenino y el masculino a las dos fórmulas que definen la postura masculina, como si lo masculino abarcase la función fálica universal y lo femenino fuese la excepción, el exceso, el superávit que está más allá del alcance de la función fálica. Una lectura de este tipo pasa por alto totalmente lo que Lacan quiere decir, que es que esta situación de la Mujer como excepción “por ejemplo, en el papel de Dama en el amor cortés” -es la fantasía masculina por excelencia. Como caso ejemplar de la excepción que constituye la función fálica se suele citar la figura fantasmagórica y obscena del padre jouisseur primordial, que, libre de toda prohibición, tenía la libertad de gozar de todas las mujeres. Sin embargo, ¿no coinciden plenamente las características de la figura de la Dama del amor cortés con las del padre primordial? ¿No es también un Ama caprichosa que lo desea todo y que, al estar más allá de toda ley, puede someter a su chevalier servant a las más arbitrarias y absurdas pruebas?

Es en este sentido precisamente en el que Mujer es uno de los nombres del padre. Los detalles cruciales que no se deben escapar son el uso de plural y de minúsculas: no hablamos del Nombre del Padre sino de uno de los nombres del padre, una de las formas de referirse a ese exceso llamado padre primordial. En el caso de la Mujer -la Mujer mítica, la Reina del título de la novela de Rider Haggard, por ejemplo- al igual que en el caso del padre primordial, estamos hablando de un agente pre-simbólico de poder, ajeno a la Ley de la castración. En ambos casos, el papel de este agente fantasmagórico es el de cerrar el círculo vicioso del orden simbólico, llenar el vacío de sus orígenes: lo que la idea de Mujer (o de padre primordial) proporciona es la base mítica de la plenitud sin restricciones cuya “represión primordial” da lugar al orden simbólico.

Otro error en la lectura de Lacan se produce cuando se interpretan de modo obtuso las incisivas fórmulas de sexuación, y se introduce una distinción semántica entre dos significados del cuantificador “todo”. De acuerdo con esta interpretación errónea, en el caso de la función universal, todo (o “no todo”) se refiere a un único sujeto (x), e indica si “todo ello” está atrapado en la función fálica; por el contrario, la excepción particular “hay uno que...” hace referencia a un grupo de sujetos y señala si dentro de este grupo “hay uno que” está (o no está) totalmente exento de la función fálica. Según este modelo, el lado femenino de las fórmulas de sexuación evidenciaría la existencia de un corte que divide a la mujer desde dentro: ninguna mujer está completamente exenta de la función fálica, y por eso mismo, ninguna mujer está completamete sometida a esta función. Es decir, hay algo dentro de toda mujer que se rebela contra la función fálica. De modo paralelo, en el lado masculino, la universalidad que se proclama hace referencia a un único sujeto (todo sujeto masculino está totalmente sometido a la función fálica) y a la exención del grupo de sujetos masculinos (“hay uno” completamente libre de ella). Resumiendo, al haber un hombre completamente exento de la función fálica, todos los demás están completamente sometidos a ella, y al no estar ninguna mujer totalmente libre de ella, ninguna de ellas está totalmente sometida a ella.

En un caso la división se exterioriza y representa la línea de separación que, dentro del grupo formado por “todos los hombres”, crea una distinción entre los que están atrapados en la función fálica y “el” que está exento de ella. En el otro caso, la división se interioriza y cada mujer se divide por dentro: parte de ella está sometida a la función fálica y la otra queda exenta...

Título Original: Woman is one of the Names-of-the-Father

Publicado originalmente en: lacanian ink 10, otoño de 1995, pp. 24-39. Copyright ©1995 lacanian ink. All Rights Reserved.
http://www.plexus.org/lacink/lacink10/lac13.html

Fragmento extraído de: © Copyright LACAN.COM http://www.lacan.com
Traducción: Carolina Díaz. Edición: Ana Martínez-Collado.

La Economía de Caricias

Claude Steiner (1)


La siguiente teoría acerca de la economía de caricias es un esfuerzo en el cual yo propongo que el libre intercambio de caricias que es tanto una capacidad humana, una propensión humana y un derecho humano ha sido artificialmente controlado con el propósito de crear seres humanos que se comporten de una manera deseable para el amplio orden social. Esta manipulación de la economía de caricias, en el cual se encuentran involuntariamente comprometidos una amplia proporción de los seres humanos, nunca ha sido entendida desde una perspectiva de cubrir un servicio para el establecimiento del orden, por el cual los seres humanos no han tenido la oportunidad de evaluar a que grado dicho control de la economía de caricias les resulta, de alguna manera o no, ventajosa.

Con el objetivo de hacer este punto más vivencial, permítame pedirles que imaginen que cada ser humano fue cubierto al nacer con una máscara que controlaba la cantidad de aire disponible. Esta mascara al principio de dejaba totalmente abierta, y el niño podía respirar libremente, pero llego un punto en el cual el niño era capaz de llevar a cabo ciertos actos deseados, y la máscara se empezó a cerrar gradualmente, abriéndose únicamente en momentos tales como cuando el niño hacia cualquier cosa que los grandes a su alrededor querían que hiciera. Imagina por ejemplo que a un niño se le prohibía manipular su propia válvula de aire y que únicamente otras personas tenían el control de esta y las personas a las que se le permitía el control tenían que ser rigurosamente específicas. Una situación de esta naturaleza puede causar que los seres humanos respondan totalmente a los deseos de quienes tienen el control sobre su suministro de aire. Si hubiera sanciones severas, suficientes personas no se quitarían sus mascaras aunque las máscara fuera fácil de quitar, sino que seguirían las instrucciones que regulan la respiración del aire.

Ocasionalmente algunas personas se cansarían de sus mascaras y se las quitarían, pero estas personas serían consideradas criminales con trastornos de carácter, tontos o peligrosos. La gente estaría dispuesta a realizar un considerable trabajo e invertir mucho esfuerzo para garantizar un continuo flujo de aire. Aquellos que no trabajaran o hicieran dicho esfuerzo serían cortados, no se les permitiría respirar libremente y no se les daría suficiente aire para vivir de una manera adecuada.

La gente que abiertamente abogara por quitarse las marcaras sería justificablemente acusada de querer mirar aquella fibra de la sociedad que construyo estas máscaras, por lo que sería muy claro que conforme la gente se las quite, no podrían trabajar más o ser responsables hacia muchas de las demandas que les fueron impuestas. En lugar de eso las personas buscarían modelos de vida de autosatisfacción y relaciones en que pudieran excluir una gran parte de la actividad previamente valorada por la sociedad basada en el uso de tales máscaras. “Los quitadores de máscaras” serian vistos como una amenaza para la sociedad y probablemente ser considerados como viciosos. En una sociedad hambrienta de aire, los sustitutos de aire podrían ser vendidos a precios altos y los individuos podrían vender inteligentes artificios piratas de las reglas anti-respiración.
(1) Steiner, C. (1971) The Stroke Economy. Transactional Analisis Journal, 1 (3), pp. 9-15.

La Falta del Objeto

Joel Dor(1)

Tanto en el niño como en el adulto, la falta del objeto puede manifestarse de tres modos específicos: La frustración, la privación y la castración. Aunque en los tres casos se trate de una falta de objeto, la naturaleza de esa falta es cualitativamente diferente para cada uno. Lo mismo ocurre en lo que se refiere al tipo de objeto.

La frustración es el campo por excelencia de la reinvindicación, con la única diferencia de que no existe ninguna posibilidad de encontrar satisfacción. Efectivamente, en la frustración la falta es un daño imaginario. Por el contrario, el objeto de la frustración es absolutamente real. El pene constituye el prototipo de un objeto de esa índole y la niña vive su ausencia justamente como una frustración. Habitualmente el niño vive como una frustración la ausencia de pene en la madre.

En cambio, en la privación, lo real es la falta. Lacan designa a esta falta del objeto como un agujero en lo real. Pero el objeto de la privación es un objeto simbólico.
En cuanto a la castración, la falta a la que se refiere es simbólica, puesto que se remite a la prohibición del incesto que es la referencia simbólica por excelencia. Gracias a esto la función paterna es eficaz porque rige el acceso del niño a lo simbólico. La falta que representa la castración es ante todo, como lo formula Lacan, una deuda simbólica. Pero en la castración el objeto faltante es absolutamente imaginario y en ningún caso puede tratarse de un objeto real:

"Sólo la ley Manu, según Lacan, dice que aquel que se ha acostado con su madre debe cortarse los genitales y tomándolos en las manos dirigirse hacia el oeste, hasta que la muerte sobrevenga"(Lacan, 1956)

El objeto imaginario de la castración es, evidentemente, el falo.

La articulación de estas diferentes categorías de la falta y de los distintos objetos que les corresponden se distribuyen según el esquema mnemotécnico de Jean Oury, que reproducimos a continuación.
El principio de la construcción es totalmente rudimentario:
  1. Trazar una estrella de David.
  2. Girando en el sentido de las agujas del relog, inscribir sucesibamente en los vértices de los dos triángulos las siguientes siglas: PCF (Privación - Castración - Frustración), SIR (Simbólico - Imaginario - Real).
  3. La distribución de las faltas con respecto a los objetos que les corresponden se decodifica en giros retrógrados sucesivos, siguiendo las flechas (ver figura):
  • La castración es la falta simbólica de un objeto imaginario.
  • La frustración es la falta imaginaria de un objeto real.
  • La privación es la falta real de un objeto simbólico.

(1) Fragmento extraido del libro Introducción a la lectura lacaniana.

Lacan y la Reinvención el Psicoanálisis

Con el tiempo, he ido descubriendo que puedo decir algo más sobre el asunto. Me percaté, además, de que mi manera de avanzar estaba constituida por ese algo que pertenece al orden del no quiero saber nada de eso…. Sin duda ello hace que, pese al tiempo, esté yo aún aquí, y que lo estén ustedes también.... aún.
Lacan


Hace un par de años, revisando los seminarios de Jaques Lacan, me encontré con el famoso seminario XX denominado Aún. En él se exponen los límites del reino del psicoanálisis, el cual nos invita clandestinamente a colonizar lo que para otras materias, en mayor o menor medida, han ido colonizando.

El primer sendero que nos ofrece lacan para escapar de lo simbólico, es el de la redención de la feminidad, el cual a su vez nos permite encontrar la puerta sobre lo que existe para la realidad y lo que no existe para lo real. Ese orden del no querer saber nada de eso, es el que nos brinda la oportunidad de conocer lo que para lo simbólico es incognoscible.

Revisando algunos textos de Nietzsche sobre lo Apolíneo y Dionisiaco me tope con algunos conceptos nuevos que al parecer podrían ser el puente engranante de estos dos registros. Nietzsche en el “Nacimiento de la tragedia” expone a estas dos figuras, lo Apolineo y lo Dionisiaco, como una concepción artística de estar en el mundo, como una metáfora de lo que significa la verdad de la humanidad.

El principio del psicoanálisis es el discurso metafórico del símbolo, y en ella cree encontrar la cura de los males humanos. Sin embargo es el propio símbolo el que nos condena a una especie de compulsión a la repetición, una verdad incomoda que no hace más que mostrar la carencia del poder del significante primario por la búsqueda verdadera de su propio cambio. Uno solo anhela ser lo que es; el símbolo solo anhela lo que es, más ese símbolo carece de valor cuando pretendemos tomarlo como icono de identificación.

Dios y el Goce de la Mujer

Jaques Lacan
Fragmento de la clase del 20 de Febrero de 1973
Seminario XX - Aún.


Hay, pese a todo, la posibilidad de un empalme cuando se lee a cierta gente seria, que por azar son mujeres. Se trata de Hadewijch d'Anvers, una begüina, lo que, con toda amabilidad, se llama una mística.

No empleo la palabra mística como la empleaba Péguy. La mística no es todo lo que no es la política. Es una cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como san Juan de la Cruz, pues ser macho no obliga a colocarse del lado del ¿x? x. Uno puede colocarse también del lado del no-todo. Hay allí hombres que están tan bien como las mujeres. Son cosas que pasan. Y no por ello deja de irles bien. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico.

Ya hablé de otros que no estaban tan mal tampoco, por el lado de la mística, pero que se situaban más bien del lado de la función fálica, como Angelus Silesius, por ejemplo: confundir su ojo contemplativo con el ojo con que Dios lo mira tiene que formar parte, por fuerza, del goce perverso. Con la tal Hadewich pasa como con Santa Teresa: basta ir a Roma y ver la estatua de Bernini para comprender de inmediato que goza, sin lugar a dudas. ¿Y con qué goza? Está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada.

Estas jaculaciones místicas no son ni palabrería ni verborrea; son, a fin de cuentas, lo mejor que hay para leer, porque son del mismo registro. Con lo cual, naturalmente, quedarán todos convencidos de que creo en Dios. Creo en el goce de la mujer, en cuanto está de más, a condición de que ante ese de más coloquen una mampara hasta que lo haya explicado bien.

Lo Apolíneo y lo Dionisiaco

C. G. Jung (1)

Los dioses griegos, con la perfección con que se nos aparecen ya en Homero, no pueden ser concebidos, ciertamente, como frutos de la indigencia y de la necesidad. Todas estas figuras respiran el triunfo de la existencia, un exuberante sentimiento de vida acompaña su culto. No hacen exigencias: en ellas está divinizado lo existente.

I) Apolo
El dios de la bella apariencia tiene que ser al mismo tiempo el dios del conocimiento verdadero. Pero aquella delicada frontera que a la imagen onírica no le es lícito sobrepasar para no producir un efecto patológico, pues entonces la apariencia no sólo engaña, sino que embauca, no es lícito que falte tampoco en la esencia de Apolo: aquella mesurada limitación, aquel estar libre de las emociones más salvajes, aquella sabiduría y sosiego del dios-escultor. Su ojo tiene que poseer un sosiego solar: aun cuando esté encolerizado y mire con malhumor, se halla bañado en la solemnidad de la bella apariencia. La mirada, lo Bello, la apariencia delimitan el ámbito del arte apolíneo; es el mundo transfigurado del ojo, que en sueños, con los párpados cerrados, crea artísticamente.

Para poder respetar los propios límites hay que conocerlos: de aquí la admonición apolínea: conócete, a tí mismo. Pero el único espejo en que el griego apolíneo podía verse, es decir, conocerse, era el mundo de los dioses olímpicos: y en éste reconocía él su esencia más propia, envuelta en la bella apariencia del sueño. La mesura, bajo cuyo yugo se movía el nuevo mundo divino, era la mesura de la belleza: el límite que el griego tenía que respetar, era el de la bella apariencia. La finalidad más íntima de una cultura orientada hacia la apariencia y la mesura sólo puede ser, en efecto, el encubrimiento de la verdad.

II) Dionisios
El arte dionisíaco, en cambio, descansa en el juego con la embriaguez, con el éxtasis. Dos poderes sobre todo son los que al ingenuo hombre natural lo elevan hasta el olvido de sí que es propio de la embriaguez, el instinto primaveral y la bebida narcótica. Sus efectos están simbolizados en la figura de Dionisios. En ambos estados el principium individuationis queda roto, lo subjetivo desaparece totalmente ante la eruptiva violencia de lo general-humano, más aún, de lo universal-natural. El éxtasis del estado dionisíaco, con su aniquilación de las barreras y límites habituales de la existencia, contiene, mientras dura, un elemento letárgico, en el cual se sumergen todas las vivencias del pasado.

III) Dionisios sobre Apolo. El Principium individuationis.
Esta combinación caracteriza el punto culminante del mundo griego: originariamente sólo Apolo es dios del arte en Grecia, y su poder fue el que de tal modo moderó a Dioniso, que irrumpía desde Asia, que pudo surgir la más bella alianza fraterna.Pero el mundo griego nunca había corrido mayor peligro que cuando se produjo la tempestuosa irrupción del nuevo dios.

En la embriaguez dionisíaca, en el impetuoso recorrido de todas las escalas anímicas durante las excitaciones narcóticas, o en el desencadenamiento de los instintos primaverales, la naturaleza se manifiesta en su fuerza más alta: vuelve a juntar a los individuos y los hace sentirse como una sola cosa, de tal modo que el principium individuationis aparece, por así decirlo, como un permanente estado de debilidad de la voluntad. Para aprehender este desencadenamiento global de todas las fuerzas simbólicas se precisa la misma intensificación del ser que creó ese desencadenamiento: el servidor ditirámbico de Dionisio es comprendido únicamente por sus iguales. Por ello, todo este nuevo mundo artístico, en su extraña, seductora milagrosidad va rodando entre luchas terribles a través de la Grecia apolínea. (Friedrich Nietzsche. 1870).

(1) Jung, C. (1985) Tipos Psicologicos. Edit. Sudamericana. Buenos Aires